Protegiendo nuestro sueño


Dormir mejor es un objetivo a conseguir y esto únicamente se logra cuando estamos en un espacio confortable, libre de incomodidades, olores y elementos que interrumpan la mejor de las siestas. Es por ello que mantener nuestros colchones libres de polvo, humedad y hongos está dentro de nuestras prioridades.


Como primera medida debemos leer la garantía, pues allí se especifican las instrucciones de limpieza y lavado del colchón, para que no seamos nosotros mismos quienes provoquemos el daño. Además seguir las instrucciones no invalidará la garantía del producto con lo cual nos ahorraremos unos billetes y algunos dolores de cabeza.


Después de conocer el procedimiento de lavado debemos brindarle algo de protección, para ello podremos optar por una cubierta. Las cubiertas para colchones son barreras que impiden la acumulación de humedad y polvo, lo cual es muy útil para las personas alérgicas.


La humedad que se acumula en nuestros colchones no proviene solo de goteras, ambientales o niños que se mojan en la cama, puesto que la mayor fuente es la sudoración mientras dormimos, la cual se acentúa en climas cálidos. Es por esta razón que en temperaturas altas es mas apremiante el uso de cobertores para proteger nuestro colchón.


Pero si aún con estas protecciones alguna mancha se llega a colar en nuestro colchón no debemos desesperar, en este caso con una toalla humedecida con agua tibia podemos restregarlo para limpiarlo. 

La toalla no debe estar empapada en su totalidad solamente humedecida, puesto que si existe un exceso de agua este va a parar a nuestro colchón, colándose en su interior generando humedad y propiciando la aparición de hongos.


Si el agua tibia no es suficiente, también se puede usar agua con algo de jabón en una botella de spray con la cual rociaremos ligeramente el área afectada y restregaremos posteriormente.


 Por último, uno de los cuidados que podemos poner en práctica es el de darle la vuelta a nuestro colchón. Cada 6 meses es recomendable girarlo para que la espuma no se amolde a la presión de nuestro cuerpo y se deforme, perdiendo su conformación original.